EL  VECINO



por Marie Darrieussecq
traducción original por Lil Sclavo Fernandez (2008)

En el Dakota, yo vivía tranquilo.

Había heredado de una hermana de mi padre un apartamento, y una buena suma de dinero. Vivir en el Dakota acarrea ciertos gastos. Si los copropietarios deciden, por ejemplo, remozar el sótano, siempre va a haber alguien que quiera hacer algo más.

Hasta ese momento había vivido siempre con mi madre, en un pueblito del oeste de Francia. Me dedicaba a la ebanistería, tenía mi propio taller, todo marchaba bien. Puedo decir que tuve una infancia afortunada junto a mi madre viuda, y hubiera podido seguir satisfecho con esa vida. Mi madre admiraba mi trabajo, sobre todo las cajitas de marquetería fina. Nunca me perdonó que me fuera. Odiaba a su cuñada, la gringa.

Pero no pude resistirme al llamado del Dakota. La muerte de esta tía cambió literalmente mi vida. Largué mi laburo, crucé el Atlántico, y de ahí en más mi principal actividad consistió en vivir en el Dakota.

El Dakota es uno de los edificios más lindos de Manhattan. En la esquina de Central West y la 72. En el momento en que me mudé aún vivían allí Boris Karloff, Lauren Bacall, Judy Garland y tantos otros. Allí fue donde Polanski filmó la mayor parte de las escenas de Rosemary’s Baby. Las maderas del piso son de ébano y cerezo silvestre, las paredes tienen más de cuatro metros de altura. Se llama Dakota, parece, porque en el momento de comenzar la construcción en 1881, esa zona de Central Park se veía tan desértica y lejana como los territorios de Dakota. En la esquina del edificio la estatua de un indio dakota, al acecho, semeja un vigía en la proa del barco.

Cuando se hereda un apartamento en el Dakota, aun cuando sea uno de solo cinco piezas como el mío, uno se informa, aprende muchas cosas. Me fui convirtiendo en un obsesivo del Dakota. Yo era el guardián del templo.  Llegué a saber más del edificio que el propio Leonard Bernstein, que vivía allí desde que era niño.

Por ejemplo, el Dakota fue construido siguiendo los principios de la arquitectura francesa. Cuenta, cosa sorprendente en Manhattan, con una porte cochère.  Las piezas son en suite, algo típicamente francés; de ahí que, cuando hay una fiesta, las personas pueden fácilmente confraternizar unas con otras con total naturalidad. Todo eso lo leí en una guía. Mi madre por primera vez en su vida se subió a un avión para visitar mi nueva morada. Meneando la cabeza me dijo que era un edificio ideal para fantasmas, todas esas puertas les facilitan la vida.

De mañana me levantaba, hacía café, y mis primeros pensamientos ya estaban habitados por el Dakota: por la tremenda suerte que tenía de vivir en este edificio. Deambulaba por mis cinco piezas, observaba los matices del parqué, la sutileza de las terminaciones, la delicadeza de los zócalos, y elevaba la cabeza hacia el techo... Me sumergía en la profundidad de ese techo... Luego miraba hacia Central Park a través de la ventana y seguía sin poder dar crédito a la suerte que había tenido. Ser el único heredero de una residente del Dakota. Llamaba a mi madre para saludarla, para ella en Francia ya era de tarde pero para mí el día apenas comenzaba.

Mi éxtasis desfallecía a veces un poco al pensar que el apartamento hubiera podido ser más grande (el de arriba tenía no menos de veinte piezas) o que hubiera podido, con mis cinco piezas, estar en el último piso, arriba de todo. Poder disfrutar de una vista panorámica de Central Park, y limitar el número de vecinos. A propósito, hay algo que es importante saber del Dakota: como en todos los viejos edificios que rodean Central Park, la insonorización es muy mala. Ya Polanski, con su película, nos acarreó bastantes molestias.

Sin embargo, yo me sentía más bien tranquilo. No extrañaba a mi madre, incluso sentía cierto alivio. Y además el apartamento de arriba estaba vacío, vacío desde hacía años: ¿quién puede, en los tiempos que corren, darse el lujo de tener un apartamento de veinte piezas frente a Central Park?

Y entonces  llegaron mis nuevos vecinos.

*

Al principio no me inquieté. Sin hijos. Él algo deslucido tras sus lentes, ella bajita, dinámica. Asiática. Bueno por mi parte no tengo nada contra los asiáticos ni contra los negros o judíos, ni contra los homosexuales dicho sea de paso, simplemente quiero dejar en claro: era la única residente de color en el Dakota. Él tenía pelo largo. Sin embargo, nadie dio la más mínima muestra de contrariedad, no, todo el mundo estaba encantado con los recién llegados.

Hubo una primera señal de alerta, apenas se mudaron. Una muchedumbre agolpada bajo mis ventanas. Gente gritando “¡John, John!”. Me asomé, no me llamo John pero pensé que se trataba de algunos amigos que no lograban convencer al guardián de que les abriera. Debo decir que desde que vivo en el Dakota tengo muchos amigos que vienen a dormir en las piezas del fondo; pero de a poco me voy dando cuenta de que algunos ni siquiera saben cómo me llamo. En realidad son amigos de Marco. A Marco hace mucho que lo conozco. Me siguió hasta Nueva York cuando me mudé al Dakota.

Mi vecino de arriba se asomó a la ventana, encima de la mía, y gritó algo que no llegué a entender. Sus amigotes de abajo se pusieron a gritar todavía más fuerte “¡John!”. El indio dakota no era el único que vigilaba en la esquina, parecía que el número de curiosos crecía día a día para meter la nariz donde no los llamaban. Enseguida pude comprobar que el guardián se esmeraba en alejar lo más posible a esa manga de fisgones que tomaban nuestro portón del garaje o nuestra calle 72 como un espacio público para sacar fotos.

Pero eso no era nada.

Empezaron a recibir visitas. Tal como dije, las piezas una a continuación de  otra se prestan a la confraternización. Pero en el caso de mis vecinos era una verdadera exageración. Como si todos los días dieran una conferencia de prensa o no sé qué: un desfile permanente. Ya no podía estar tranquilo ni en mi propia casa.

Sin embargo, todavía faltaba lo peor: empezaron con la música.

Al principio tocaban guitarra eléctrica. Me ponía tapones en los oídos, y se aguantaba. Pero además cantaban, y al final aullaban -sobre todo él. Un día vino y me tocó timbre. Que no me preocupara si escuchaba gritos, me dijo. (En ese ínterin me había quejado al guardián.) Se ejercitaba con el primal scream. Un grito a través del cual se vuelve a nacer. Se vuelve a ver el momento del nacimiento, o no sé qué diablos, la cuestión es que me explicaba todo eso en mi palier. “¿No oyó hablar del primal scream?” me preguntaba tras sus lentes. Un loco. Un idiota redomado como tantos de los que viven en edificios de ricos. Que pasaba todo el día en su casa, entregado en cuerpo y alma a experimentar cosas raras. “Esto va a terminar mal”,  me repetía mi madre.

Por si fuera poco, cada vez eran más los amigos que venían a tomar mis cervezas. Remolineaban por el hall, esperaban frente al ascensor, dejaban abierta mi puerta con la esperanza de ver a mi vecino. Me decían que era un cantante famosísimo. “¿John qué?” me preguntaba mi madre. Por mi parte yo no sé nada de música moderna. “Pero si es más conocido que la ruda” me repetía Marco. A veces me preguntaba si no estaban todos a punto de volverse locos.

La guitarra, los gritos, vaya y pase. Pero se hicieron traer un piano.

Un piano blanco de cola, monstruoso. Como las puertas a la francesa eran muy angostas, los encargados de la mudanza tuvieron que instalar una polea en el techo. La calle en pleno miraba ese piano blanco que subía balanceándose a lo largo de nuestra fachada.

No, en el Dakota ya no se podía más estar tranquilo. Las fiestas, la guitarra, los gritos, nada de eso llegaba aún a traspasar demasiado los pisos de madera de ébano y cerezo silvestre. Pero el piano, era el infierno. Nada puede resistir al piano. Sobre todo el piano de cola tiene una caja de resonancia que debería estar prohibida por ley. Es algo que va bajando por las cañerías, que golpea a lo largo de los zócalos, que pasa a través de los tapones de los oídos, que forma capas en el techo y cortinados en las paredes. Un día estaban haciendo arreglos en la 72: oía el ruido del piano más fuerte que el de la perforadora.

Yo necesito tranquilidad, caramba. Necesito pensar en mi vida. Necesitaría, qué sé yo, una mujer, hijos tal vez. Me imaginaba -mucho antes de que se mudaran mis vecinos- redactando un aviso para conseguir pareja. Pero imposible concentrarme más de dos minutos de corrido. Apenas empezaba a vislumbrar una silueta, un futuro, un proyecto de vida, apenas comenzaba a esbozar una idea a propósito de lo que quería, empezaban a sonar las primeras notas y cortaban toda mi reflexión. Perdía el hilo de mi aviso. La mujer imaginada se esfumaba como un espectro. Y yo ya no tenía ni noción de lo que había planeado hacer, pasear por Central Park, darle una mano de pintura al zócalo, leer el diario. Como un autómata volvía a hacer café pero ya le había perdido el gusto a todo, la guitarra y el piano se adueñaban de mi cabeza.

Marco me regaló un disco, “para que te despabiles”. Un disco a cambio de todas las cervezas que me tomó durante todos estos años. Imagine, se llamaba el bendito disco. Era de mi vecino. Por curiosidad lo puse en el equipo heredado de mi tía, y pegué un salto. Ese tema, ese mismísimo Imagine, lo había tenido semanas enteras sonando arriba de mi cabeza. ¡Imagine todo el santo día! Todo lo que cuentan de este Lennon que escribía sus cancioncitas en cinco minutos es una reverenda mentira. ¡Este tipo laburaba como loco!

Por si fuera poco, me parece que se peleaban de lo lindo entre ellos. No es que quiera meterme en lo que no me importa. La cosa es que un buen día, el tal John desapareció. Y quedó solo la asiática, pero estaba poco y nada. Por un tiempo pude volver a desayunar tranquilo, tomar mi café mirando hacia Central Park. Parece que fue ella, la japonesa, la que lo puso de patitas en la calle. Marco no paraba, miraba y miraba todos los diarios: que está en Los Angeles, que hace esto y lo otro, que está deprimido.... Mi madre también colaboraba: seguía llamándome todos los días, pero solo para saber de mi vecino. Le había pasado Imagine y fue como si se hubiera contagiado una enfermedad. Se puso a escuchar todos sus discos y a leer todos los artículos sobre él.

Para mi desgracia terminaron haciendo las paces, mi vecina y mi vecino, y hete aquí que un día me la cruzo y veo que está embarazada ¡y yo tan tranquilo que estaba por ese lado! Sin embargo, el nacimiento del hijo tuvo un efecto positivo en mi vida: se acabó la música. Durante cinco años. Si mal no recuerdo, desde 1975 hasta 1980 solo se oyeron llantos de bebé, luego el eco de los primeros pasitos en el piso, luego pelotas, trenes eléctricos y algún que otro cuac cuac... Después de todo, no soy un monstruo. Yo también fui niño; y esos ruidos me enternecían, más bien.

Mi madre aterrizó en el Dakota. Estaba muy preocupada por mi vecino. “Nada después de Stand by Me, se lamentaba, es insoportable”. Y cuando se lo cruzaba, me tenía que aguantar las caiditas de ojo que le hacía. El mundo estaba patas para arriba. La única ventaja, cuando está mi madre, es que mis amigos tomadores de cerveza no se aparecen. En cuanto al resto, es como si la sola presencia de mi vecino bastara para enloquecer a todo el mundo.

Mis relaciones con él, de todos modos, tuvieron una mejoría considerable. Cada vez que me lo cruzaba, volvía a saludarlo.

Hasta aquel día maldito de 1980 en que John Lennon volvió a su guitarra.

Apenas sonaron las primeras notas, se me cayó la cafetera. Se desplomó en el piso, con un terrible estruendo. Otra vez el infierno.

*

Mis vecinos comenzaron a habitar mis pensamientos las veinticuatro horas del día. Y se volvieron malos mis pensamientos. Lo vigilaba acechante, a mi vecino, mientras cruzaba la calle, y me decía: “Si lo llega a atropellar un auto ¡qué alivio!...” O bien lo seguía con la mirada mientras caminaba por la 72, contaba sus pasos mientras me decía: cuando llegue a cien se va a desplomar al piso fulminado por un infarto. Aun más, soñaba con que se produjera un incendio que devastara el edificio y quedara yo solo como único sobreviviente. A ese punto había llegado y solo Dios sabe cuánto quiero al Dakota.

Siguiendo los consejos de Marco acepté consultar a un sicoanalista, cosa que abunda en mi barrio. Ya en la tercera sesión me preguntó el nombre de mi vecino. “¡¿John Lennon?!”, aulló. Ahí me di cuenta de que, para mí, basta de sicoanálisis.

Había un tipo que me había llamado la atención desde hacía un rato, en la 72, en medio de todos los fisgones. Estaba quieto en la esquina, tan inmóvil e inexpresivo como la estatua del indio. A veces, leía.

Cierto malestar se iba apoderando de mí mientras lo observaba. Me parecía que el tipo podía leer mis pensamientos, con la misma autoridad que un indio dakota. Cada tanto echaba un vistazo hacia mis ventanas, me parecía que me miraba, que me escudriñaba.

La mañana del 8 de diciembre de 1980, el tipo corre al encuentro de mi vecino mientras este salía muy tranquilo por el portón del garaje, y le pide un autógrafo. Eso era cosa de todos los días.

Al caer la noche, recuerdo que hubo fuegos artificiales en Central Park, y por una vez al menos las miradas de los fisgones se volvieron hacia Central Park y no hacia nuestras ventanas.

A las diez y media de la noche seguía sin poder dormirme, y eso que estaba acostumbrado a acostarme temprano. Me pareció que el tipo del autógrafo se había ido, al menos yo no lo veía más. Mis vecinos todavía no habían vuelto así que había podido disfrutar de un día de paz, estaban grabando el disco que durante meses habían estado ensayando encima de mi cabeza... Me hice un café y me instalé, cómodo, en mi puesto de vigilancia.

A las once menos diez llegan en su limusina. Yoko entra al edificio, John la sigue... veo al tipo que surge de la nada tras el portón del garaje, se dirige a John y dispara. Cinco tiros.

*

Fui uno de los testigos principales en el juicio contra Mark David Chapman. Intenté persuadir a los miembros del jurado de que había sido yo el instigador del atentado, de que el tal Chapman, agazapado bajo mi ventana, había absorbido como una esponja mis malos pensamientos y había actuado en mi lugar, en el lugar de ese demonio que se apoderaba de mí apenas oía el piano... Pero mi madre y Marco me convencieron de que lo dejara correr, y así fue que volví por un tiempo al pueblo de mi infancia, para descansar.

Cuando volví al Dakota, aquello era un inmenso vacío. A veces me cruzaba con la señora Ono, oculta tras sus lentes negros. Intentaba decirle algo, que la compadecía, y yo que nunca había sido un vecino amable. Pero parecía que ni siquiera me veía. Era muy hermosa, una Jackie Kennedy asiática tras sus enormes lentes negros.

Unos años más tarde, fui el primero en abrir un sitio en Internet. Hay fotos del Dakota, de mis ventanas, de sus ventanas, y de todos los lugares de la 72 en los que John se detuvo antes de que lo asesinaran.

Me casé, al final logré redactar mi aviso para conseguir pareja. Mi mujer me dejó hace poco y se quedó con la tenencia de nuestros hijos, Jonel y Yono. Jonel por John Lennon y Yono por Yoko Ono. Un varón y una nena.

Sigo viviendo en el Dakota. Me parece que mi vecina casi ni viene por aquí. Los tiempos han cambiado, me repite Marco. Sin embargo él sigue viniendo a tomarse mis cervezas y a fumarse mis cigarrillos. Sea como sea, si alguien me habla mal de Yoko Ono o intenta molestarla, no respondo por mis actos.

Ahora la muchedumbre de fisgones se aglomera un poco más lejos, del otro lado de la calle, junto al monumento que lleva por nombre Strawberry Field Memorial. Todos los días me paro frente al monumento y converso un ratito con mi vecino. Le pido que me perdone. Y siento que desde allí donde esté, me escucha.

Para alegrarme un poco, Marco me regaló un delantal John Lemon. Tiene estampado un limón con lentes y pelo largo, y la misma forma ovalada que la cara de John. No me causó ninguna gracia. “Lo pasado, pisado”, me repite Marco. Pero para mí lo pasado no está para nada pisado.

El silencio del Dakota es terrible. En medio del silencio, vuelvo a escuchar el piano y la voz cantando Imagine.

*

Un día bajé al sótano a colgar ropa -los lavarropas están en el sótano, en el Dakota. Allí estaba John Lennon, echado sobre unos cartones en el piso.

- Creo que Yoko se mudó, le dije. ¿Ya no tiene más la llave?

- No, me respondió John.

- Tendría que haberme tocado timbre. Le hubiera abierto. ¿Se acuerda de mí, al menos?

- Sí, me dijo John.

Estaba bastante maltrecho, era comprensible después de todo ese tiempo en que había estado ausente. Ya en 1974, cuando Yoko lo había puesto de patitas en la calle y vagabundeaba por Los Ángeles, tampoco tenía muy buen aspecto que digamos. Mi vecino es un hombre frágil, en lo sicológico. En ese plano siempre tendemos a sobrestimar a los genios.

Le ofrecí el cuarto del fondo. Estaba bastante inquieto ya que el delantal de John Lemon campeaba desenfadado en la cocina, pero no pareció darse cuenta. Nos pusimos a buscar el número de teléfono de Yoko. Créanlo o no, a mí que fui su vecino durante todos esos años, nadie se dignó a dármelo. Ni el guardián, ni los demás vecinos, que decían que no lo tenían. ¡Y vaya uno a encontrar el número de Yoko Ono en la guía! Todo resultaba mucho más difícil de lo que me había imaginado.

“No es John Lennon”, me aseguró Marco un día en que pasó a verlo. Destapó una cerveza, John hizo lo mismo, se miraron fijo a los ojos.

“No es John Lennon”, repitió Marco.

Yo estaba muy molesto. Pero John no pareció darse por aludido. Había comido y dormido muy bien, todo indicaba que empezaba a salir del pozo.

-¿Dónde estuvo metido todo este tiempo?, le preguntó Marco con un tono que me molestó mucho. ¿Dónde estuvo metido, mientras estuvo muerto?

Pero John me había contado todo, cuando le mostré mi sitio en Internet. Chapman era un agente de la CIA. Simularon un asesinato, y lo sucucharon durante años. Lo drogaron, no se acuerda de nada, lo que querían era hacerle cerrar el pico, todo por su militancia pacifista y todas esas cosas.

- JOHN LENNON ESTÁ MUERTO, me machacaba Marco.

Me vi obligado a echar a Marco.

Mi madre, a la que llamé apenas reapareció John, se vino a vivir con nosotros. De todos modos, ya era hora de que tomara esa decisión. Ya anda pisando los noventa y seis, y cada tanto se le va la cabeza. Solo vive para John y para mí.

<>A John se lo ve muy contento de vivir con nosotros. Ya descartó la idea de volver a vivir con Yoko. Y Sean, su hijo, un día que lo abordamos mientras estaba entrando al Dakota, nos mandó a pasear. John se lo tomó mucho mejor de lo que hubiera pensado. 

Yo tampoco veo más a mis hijos. Ni a mi mujer. Nos llevamos muy bien, John y yo. Sobre todo desde que renunció a la música. Se toma mis cervezas, y parece haber perdonado mis malos pensamientos.

"El Vecino" apareció publicado por P.O.L. en el libro de cuentos Zoo (páginas 19-36) y también en un número especial de Rock & Folk en enero de 2006.

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