Había heredado de una
hermana de
mi padre un apartamento, y una buena suma de dinero. Vivir en el Dakota
acarrea
ciertos gastos. Si los copropietarios deciden, por ejemplo, remozar el
sótano,
siempre va a haber alguien que quiera hacer algo más.
Hasta ese
momento había vivido siempre con mi madre, en un pueblito del
oeste de Francia.
Me dedicaba a la ebanistería, tenía mi propio taller,
todo marchaba bien. Puedo
decir que tuve una infancia afortunada junto a mi madre viuda, y
hubiera podido
seguir satisfecho con esa vida. Mi madre admiraba mi trabajo, sobre
todo las
cajitas de marquetería fina. Nunca me perdonó que me
fuera. Odiaba a su cuñada,
la gringa.
Pero no pude resistirme al
llamado del Dakota. La muerte de esta tía cambió
literalmente mi vida. Largué
mi laburo, crucé el Atlántico, y de ahí en
más mi principal actividad consistió
en vivir en el Dakota.
El Dakota es uno de los
edificios
más lindos de Manhattan. En la esquina de Central West y la 72.
En el momento
en que me mudé aún vivían allí Boris
Karloff, Lauren Bacall, Judy Garland y
tantos otros. Allí fue donde Polanski filmó la mayor
parte de las escenas de Rosemary’s
Baby. Las maderas del piso son de ébano y cerezo silvestre,
las paredes
tienen más de cuatro metros de altura. Se llama Dakota, parece,
porque en el
momento de comenzar la construcción en 1881, esa zona de Central
Park se veía
tan desértica y lejana como los territorios de Dakota. En la
esquina del
edificio la estatua de un indio dakota, al acecho, semeja un
vigía en la proa
del barco.
Cuando se hereda un apartamento en el Dakota, aun cuando sea uno de solo cinco piezas como el mío, uno se informa, aprende muchas cosas. Me fui convirtiendo en un obsesivo del Dakota. Yo era el guardián del templo. Llegué a saber más del edificio que el propio Leonard Bernstein, que vivía allí desde que era niño.
Por ejemplo, el Dakota fue
construido siguiendo los principios de la arquitectura francesa.
Cuenta, cosa
sorprendente en Manhattan, con una porte
cochère. Las piezas son en
suite,
algo típicamente francés; de ahí que, cuando hay
una fiesta, las personas
pueden fácilmente confraternizar unas con otras con
total naturalidad.
Todo eso lo leí en una guía. Mi madre por primera vez en
su vida se subió a un
avión para visitar mi nueva morada. Meneando la cabeza me dijo
que era un
edificio ideal para fantasmas, todas esas puertas les facilitan la vida.
De mañana
me levantaba, hacía café, y mis primeros pensamientos ya
estaban habitados por
el Dakota: por la tremenda suerte que tenía de vivir en este
edificio.
Deambulaba por mis cinco piezas, observaba los matices del
parqué, la sutileza
de las terminaciones, la delicadeza de los zócalos, y elevaba la
cabeza hacia
el techo... Me sumergía en la profundidad de ese techo... Luego
miraba hacia
Central Park a través de la ventana y seguía sin poder
dar crédito a la suerte
que había tenido. Ser el único heredero de una residente
del Dakota. Llamaba a
mi madre para saludarla, para ella en Francia ya era de tarde pero para
mí el
día apenas comenzaba.
Mi éxtasis
desfallecía a veces un
poco al pensar que el apartamento hubiera podido ser más grande
(el de arriba
tenía no menos de veinte piezas) o que hubiera podido, con mis
cinco piezas,
estar en el último piso, arriba de todo. Poder disfrutar de una
vista
panorámica de Central Park, y limitar el número de
vecinos. A propósito, hay
algo que es importante saber del Dakota: como en todos los viejos
edificios que
rodean Central Park, la insonorización es muy mala. Ya Polanski,
con su
película, nos acarreó bastantes molestias.
Sin embargo, yo me sentía
más
bien tranquilo. No extrañaba a mi madre, incluso sentía
cierto alivio. Y además
el apartamento de arriba estaba vacío, vacío desde
hacía años: ¿quién puede, en
los tiempos que corren, darse el lujo de tener un apartamento de veinte
piezas
frente a Central Park?
Y entonces llegaron
mis nuevos vecinos.
*
Al principio no me
inquieté. Sin
hijos. Él algo deslucido tras sus lentes, ella bajita,
dinámica. Asiática.
Bueno por mi parte no tengo nada contra los asiáticos ni contra
los negros o
judíos, ni contra los homosexuales dicho sea de paso,
simplemente quiero dejar
en claro: era la única residente de color en el Dakota.
Él tenía pelo largo.
Sin embargo, nadie dio la más mínima muestra de
contrariedad, no, todo el mundo
estaba encantado con los recién llegados.
Hubo una primera señal de
alerta,
apenas se mudaron. Una muchedumbre agolpada bajo mis ventanas. Gente
gritando
“¡John, John!”. Me asomé, no me llamo John pero
pensé que se trataba de algunos
amigos que no lograban convencer al guardián de que les abriera.
Debo decir que
desde que vivo en el Dakota tengo muchos amigos que vienen a dormir en
las
piezas del fondo; pero de a poco me voy dando cuenta de que algunos ni
siquiera
saben cómo me llamo. En realidad son amigos de Marco. A Marco
hace mucho que lo
conozco. Me siguió hasta Nueva York cuando me mudé al
Dakota.
Mi vecino de arriba se
asomó a la
ventana, encima de la mía, y gritó algo que no
llegué a entender. Sus amigotes
de abajo se pusieron a gritar todavía más fuerte
“¡John!”. El indio dakota no
era el único que vigilaba en la esquina, parecía que el
número de curiosos
crecía día a día para meter la nariz donde no los
llamaban. Enseguida pude
comprobar que el guardián se esmeraba en alejar lo más
posible a esa manga de
fisgones que tomaban nuestro portón del garaje o nuestra calle
72 como un
espacio público para sacar fotos.
Pero eso no era nada.
Empezaron a recibir visitas. Tal
como dije, las piezas una a continuación de
otra se prestan a la confraternización. Pero en
el caso de mis
vecinos era una verdadera exageración. Como si todos los
días dieran una
conferencia de prensa o no sé qué: un desfile permanente.
Ya no podía estar
tranquilo ni en mi propia casa.
Sin embargo, todavía
faltaba lo
peor: empezaron con la música.
Al principio tocaban guitarra
eléctrica. Me ponía tapones en los oídos, y se
aguantaba. Pero además cantaban,
y al final aullaban -sobre todo él. Un día vino y me
tocó timbre. Que no me preocupara
si escuchaba gritos, me dijo. (En ese ínterin me había
quejado al guardián.) Se
ejercitaba con el primal scream. Un grito a través del
cual se vuelve a
nacer. Se vuelve a ver el momento del nacimiento, o no sé
qué diablos, la
cuestión es que me explicaba todo eso en mi palier. “¿No
oyó hablar del primal
scream?” me preguntaba tras sus lentes. Un loco. Un idiota redomado
como
tantos de los que viven en edificios de ricos. Que pasaba todo el
día en su
casa, entregado en cuerpo y alma a experimentar cosas raras. “Esto va a
terminar mal”, me repetía mi madre.
Por si fuera poco, cada vez eran
más los amigos que venían a tomar mis cervezas.
Remolineaban por el hall,
esperaban frente al ascensor, dejaban abierta mi puerta con la
esperanza de ver
a mi vecino. Me decían que era un cantante famosísimo.
“¿John qué?” me
preguntaba mi madre. Por mi parte yo no sé nada de música
moderna. “Pero si es
más conocido que la ruda” me repetía Marco. A veces me
preguntaba si no estaban
todos a punto de volverse locos.
La guitarra, los gritos, vaya y
pase. Pero se hicieron traer un piano.
Un piano blanco de cola,
monstruoso. Como las puertas a la francesa eran muy angostas,
los
encargados de la mudanza tuvieron que instalar una polea en el techo.
La calle
en pleno miraba ese piano blanco que subía balanceándose
a lo largo de nuestra
fachada.
No, en el
Dakota ya no se podía más estar tranquilo. Las fiestas,
la guitarra, los
gritos, nada de eso llegaba aún a traspasar demasiado los pisos
de madera de
ébano y cerezo silvestre. Pero el piano, era el infierno. Nada
puede resistir
al piano. Sobre todo el piano de cola tiene una caja de resonancia que
debería
estar prohibida por ley. Es algo que va bajando por las
cañerías, que golpea a
lo largo de los zócalos, que pasa a través de los tapones
de los oídos, que
forma capas en el techo y cortinados en las paredes. Un día
estaban haciendo
arreglos en la 72: oía el ruido del piano más fuerte que
el de la perforadora.
Yo necesito tranquilidad,
caramba. Necesito pensar en mi vida. Necesitaría, qué
sé yo, una mujer, hijos
tal vez. Me imaginaba -mucho antes de que se mudaran mis vecinos-
redactando un
aviso para conseguir pareja. Pero imposible concentrarme más de
dos minutos de
corrido. Apenas empezaba a vislumbrar una silueta, un futuro, un
proyecto de
vida, apenas comenzaba a esbozar una idea a propósito de lo que
quería,
empezaban a sonar las primeras notas y cortaban toda mi
reflexión. Perdía el
hilo de mi aviso. La mujer imaginada se esfumaba como un espectro. Y yo
ya no
tenía ni noción de lo que había planeado hacer,
pasear por Central Park, darle
una mano de pintura al zócalo, leer el diario. Como un
autómata volvía a hacer
café pero ya le había perdido el gusto a todo, la
guitarra y el piano se
adueñaban de mi cabeza.
Marco me regaló un disco,
“para
que te despabiles”. Un disco a cambio de todas las cervezas que me
tomó durante
todos estos años. Imagine, se llamaba el bendito disco.
Era de mi
vecino. Por curiosidad lo puse en el equipo heredado de mi tía,
y pegué un
salto. Ese tema, ese mismísimo Imagine, lo había tenido semanas enteras sonando
arriba de mi cabeza. ¡Imagine
todo el santo día! Todo lo que cuentan de
este Lennon que escribía sus cancioncitas en cinco minutos es
una reverenda
mentira. ¡Este tipo laburaba como loco!
Por si
fuera poco, me parece que se peleaban de lo lindo entre ellos. No es
que quiera
meterme en lo que no me importa. La cosa es que un buen día, el
tal John
desapareció. Y quedó solo la asiática, pero estaba
poco y nada. Por un tiempo
pude volver a desayunar tranquilo, tomar mi café mirando hacia
Central Park.
Parece que fue ella, la japonesa, la que lo puso de patitas en la
calle. Marco
no paraba, miraba y miraba todos los diarios: que está en Los
Angeles, que hace
esto y lo otro, que está deprimido.... Mi madre también
colaboraba: seguía
llamándome todos los días, pero solo para saber de mi
vecino. Le había pasado Imagine y fue como si se
hubiera contagiado una enfermedad. Se puso a escuchar todos sus discos
y a leer
todos los artículos sobre él.
Para
mi desgracia terminaron haciendo las paces, mi vecina y mi vecino, y
hete aquí
que un día me la cruzo y veo que está embarazada ¡y
yo tan tranquilo que estaba
por ese lado! Sin embargo, el nacimiento del hijo tuvo un efecto
positivo en mi
vida: se acabó la música. Durante cinco años. Si
mal no recuerdo, desde 1975
hasta 1980 solo se oyeron llantos de bebé, luego el eco de los
primeros pasitos
en el piso, luego pelotas, trenes eléctricos y algún que
otro cuac
cuac...
Después de todo, no soy un monstruo. Yo también fui
niño; y esos ruidos me
enternecían, más bien.
Mi
madre aterrizó en el Dakota. Estaba muy preocupada por mi
vecino. “Nada después
de Stand
by Me, se
lamentaba, es insoportable”. Y cuando se lo cruzaba, me tenía
que
aguantar las caiditas de ojo que le hacía. El mundo estaba patas
para arriba.
La única ventaja, cuando está mi madre, es que mis amigos
tomadores de cerveza
no se aparecen. En cuanto al resto, es como si la sola presencia de mi
vecino
bastara para enloquecer a todo el mundo.
Mis
relaciones con él, de todos modos, tuvieron una mejoría
considerable. Cada vez
que me lo cruzaba, volvía a saludarlo.
Hasta
aquel día maldito de 1980 en que John Lennon volvió a su
guitarra.
Apenas
sonaron las primeras notas, se me cayó la cafetera. Se
desplomó en el piso, con
un terrible estruendo. Otra vez el infierno.
*
Mis
vecinos comenzaron a habitar mis pensamientos las veinticuatro horas
del día. Y
se volvieron malos mis pensamientos. Lo vigilaba acechante, a mi
vecino,
mientras cruzaba la calle, y me decía: “Si lo llega a atropellar
un auto ¡qué
alivio!...” O bien lo seguía con la mirada mientras caminaba por
la 72, contaba
sus pasos mientras me decía: cuando llegue a cien se va a
desplomar al piso
fulminado por un infarto. Aun más, soñaba con que se
produjera un incendio que
devastara el edificio y quedara yo solo como único
sobreviviente. A ese punto
había llegado y solo Dios sabe cuánto quiero al Dakota.
Siguiendo
los consejos de Marco acepté consultar a un sicoanalista, cosa
que abunda en mi
barrio. Ya en la tercera sesión me preguntó el nombre de
mi vecino. “¡¿John
Lennon?!”, aulló. Ahí me di cuenta de que, para
mí, basta de sicoanálisis.
Había un tipo que me había llamado la
atención desde hacía un rato, en
la 72, en medio de todos los fisgones. Estaba quieto en la esquina, tan
inmóvil
e inexpresivo como la estatua del indio. A veces, leía.
Cierto
malestar se iba apoderando de mí mientras lo observaba. Me
parecía que el tipo
podía leer mis pensamientos, con la misma autoridad que un indio
dakota. Cada
tanto echaba un vistazo hacia mis ventanas, me parecía que me
miraba, que me
escudriñaba.
La
mañana del 8 de diciembre de 1980, el tipo corre al encuentro de
mi vecino
mientras este salía muy tranquilo por el portón del
garaje, y le pide un autógrafo.
Eso era cosa de todos los días.
Al
caer la noche, recuerdo que hubo fuegos artificiales en Central Park, y
por una
vez al menos las miradas de los fisgones se volvieron hacia Central
Park y no
hacia nuestras ventanas.
A las
diez y media de la noche seguía sin poder dormirme, y eso que
estaba
acostumbrado a acostarme temprano. Me pareció que el tipo del
autógrafo se
había ido, al menos yo no lo veía más. Mis vecinos
todavía no habían vuelto así
que había podido disfrutar de un día de paz, estaban
grabando el disco que
durante meses habían estado ensayando encima de mi cabeza... Me
hice un café y
me instalé, cómodo, en mi puesto de vigilancia.
A las
once menos diez llegan en su limusina. Yoko entra al edificio, John la
sigue...
veo al tipo que surge de la nada tras el portón del garaje, se
dirige a John y
dispara. Cinco tiros.
*
Fui
uno de los testigos principales en el juicio contra Mark David Chapman.
Intenté
persuadir a los miembros del jurado de que había sido yo el
instigador del
atentado, de que el tal Chapman, agazapado bajo mi ventana,
había absorbido
como una esponja mis malos pensamientos y había actuado en mi
lugar, en el
lugar de ese demonio que se apoderaba de mí apenas oía el
piano... Pero mi
madre y Marco me convencieron de que lo dejara correr, y así fue
que volví por
un tiempo al pueblo de mi infancia, para descansar.
Cuando
volví al Dakota, aquello era un inmenso vacío. A veces me
cruzaba con la señora
Ono, oculta tras sus lentes negros. Intentaba decirle algo, que la
compadecía,
y yo que nunca había sido un vecino amable. Pero parecía
que ni siquiera me
veía. Era muy hermosa, una Jackie Kennedy asiática tras
sus enormes lentes
negros.
Unos
años más tarde, fui el primero en abrir un sitio en
Internet. Hay fotos del
Dakota, de mis ventanas, de sus ventanas, y de todos los lugares de la
72 en
los que John se detuvo antes de que lo asesinaran.
Me
casé, al final logré redactar mi aviso para conseguir
pareja. Mi mujer me dejó
hace poco y se quedó con la tenencia de nuestros hijos, Jonel y
Yono. Jonel por
John Lennon y Yono por Yoko Ono. Un varón y una nena.
Sigo
viviendo en el Dakota. Me parece que mi vecina casi ni viene por
aquí. Los
tiempos han cambiado, me repite Marco. Sin embargo él sigue
viniendo a tomarse
mis cervezas y a fumarse mis cigarrillos. Sea como sea, si alguien me
habla mal
de Yoko Ono o intenta molestarla, no respondo por mis actos.
Ahora la muchedumbre de fisgones
se aglomera un poco más lejos, del otro lado de la calle, junto
al monumento
que lleva por nombre Strawberry Field
Memorial. Todos los días me paro
frente al monumento y
converso un ratito con mi vecino. Le pido que me perdone. Y
siento que
desde allí donde esté, me escucha.
Para
alegrarme un poco, Marco me regaló un delantal John Lemon. Tiene estampado
un limón con lentes y pelo largo, y la misma forma ovalada que
la cara de John.
No me causó ninguna gracia. “Lo pasado, pisado”, me repite
Marco. Pero para mí
lo pasado no está para nada pisado.
El
silencio del Dakota es terrible. En medio del silencio, vuelvo a
escuchar el
piano y la voz cantando Imagine.
*
Un día
bajé al sótano a colgar ropa -los lavarropas están
en el sótano, en el Dakota.
Allí estaba John Lennon, echado sobre unos cartones en el piso.
- Creo
que Yoko se mudó, le dije. ¿Ya no tiene más la
llave?
- No,
me respondió John.
-
Tendría que haberme tocado timbre. Le hubiera abierto.
¿Se acuerda de mí, al
menos?
- Sí, me dijo John.
Estaba bastante maltrecho, era
comprensible después de todo ese tiempo en que había
estado ausente. Ya en
1974, cuando Yoko lo había puesto de patitas en la calle y
vagabundeaba por Los
Ángeles, tampoco tenía muy buen aspecto que digamos. Mi
vecino es un hombre
frágil, en lo sicológico. En ese plano siempre tendemos a
sobrestimar a los
genios.
Le ofrecí el cuarto del
fondo.
Estaba bastante inquieto ya que el delantal de John Lemon
campeaba
desenfadado en la cocina, pero no pareció darse cuenta.
Nos pusimos a buscar el número de teléfono de Yoko.
Créanlo o
no, a mí que fui su vecino durante todos esos años, nadie
se dignó a dármelo.
Ni el guardián, ni los demás vecinos, que decían
que no lo tenían. ¡Y vaya uno
a encontrar el número de Yoko Ono en la guía! Todo
resultaba mucho más difícil
de lo que me había imaginado.
“No es
John Lennon”, me aseguró Marco un día en que pasó
a verlo. Destapó una cerveza,
John hizo lo mismo, se miraron fijo a los ojos.
“No es
John Lennon”, repitió Marco.
Yo estaba muy molesto. Pero John no pareció darse por
aludido. Había
comido y dormido muy bien, todo indicaba que empezaba a salir del pozo.
-¿Dónde
estuvo metido todo este tiempo?, le preguntó Marco con un tono
que me molestó
mucho. ¿Dónde estuvo metido, mientras estuvo muerto?
Pero
John me había contado todo, cuando le
mostré mi sitio en Internet. Chapman era un agente de
- JOHN
LENNON ESTÁ MUERTO, me machacaba Marco.
Me vi
obligado a echar a Marco.
Mi
madre, a la que llamé apenas reapareció John, se vino a
vivir con nosotros. De
todos modos, ya era hora de que tomara esa decisión. Ya anda
pisando los
noventa y seis, y cada tanto se le va la cabeza. Solo vive para John y
para mí.
Yo tampoco veo más a mis hijos. Ni a mi mujer. Nos
llevamos muy bien,
John y yo. Sobre todo desde que renunció a la música. Se
toma mis cervezas, y
parece haber perdonado mis malos pensamientos.
"El Vecino" apareció
publicado por P.O.L. en el
libro de cuentos Zoo
(páginas 19-36) y también en un número especial de
Rock
& Folk en enero de
2006.