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Los hombres generan la demanda; 
las mujeres son la oferta

Donna M. Hughes
University of Rhode Island


Control y abuso de la sexualidad de las mujeres y las niñas

El control y el abuso de la sexualidad de las mujeres y las niñas crea y mantiene, en todo el mundo, la opresión sobre la mujer. Son los hombres los que ocupan un lugar preferente en la toma de decisiones importantes, en todas las instituciones (sociales, políticas y religiosas) que organizan y controlan a la sociedad. A través de este poder institucional, los hombres crean la cultura, aprueban las leyes e implementan políticas —al servicio de sus intereses— para controlar a las mujeres y a los niños en la esfera pública y privada. El control y la definición, por parte del hombre, de la sexualidad de la mujer permite construir y regular la actividad sexual de las mujeres y las niñas. Las mujeres que incumplen —voluntaria o involuntariamente— las reglas establecidas por los hombres, son consideradas corruptas e inmorales y, a su vez, son responsables del deshonor de su familia.

Represión y explotación: dos formas complementarias de control y abuso

La represión y la explotación son dos formas diferentes, y a la vez complementarias, de controlar y de abusar de la sexualidad femenina. La represión de la sexualidad de las mujeres y de las niñas se garantiza gracias al estricto control ejercido sobre su actividad sexual a través de costumbres como las de premiar la virginidad de las niñas, centrar el honor de la familia en el control sexual de las hijas y esposas, imponiendo severos castigos por cometer adulterio, impidiendo el libre acceso al divorcio y, finalmente, separando a las mujeres y a las niñas de los hombres y los niños.

Las religiones patriarcales —que moldean a la mayoría de las culturas del mundo— subordinan a las mujeres y a las niñas al hombre. Los movimientos fundamentalistas (ya sean cristianos, judíos, hindúes o islámicos) abogan por la represión de la sexualidad de las mujeres y de las niñas. La interacción entre mujeres y niñas, por una parte, y hombres y niños, por otra, se vigila muy de cerca y, a su vez, se restringe. Además, los cuerpos y el pelo de éstas son cubiertos de forma aparentemente modesta. Por ejemplo, bajo la influencia del Fundamentalismo Islámico, las mujeres deben cubrir todo su cuerpo con ropas como el chador y el burqas. El castigo por una mala conducta puede ser bastante severo, como por ejemplo en Irán, donde las mujeres pueden ser legalmente lapidadas hasta la muerte.

La explotación es otra forma de control y abuso de la sexualidad femenina. A través de ella las mujeres y las niñas son utilizadas para satisfacer las necesidades sexuales del hombre o para sacar algún provecho de estas. Las mujeres y los niños son explotados sexualmente cuando se les someten a prácticas como el incesto, la violación, el acoso sexual, el maltrato (físico y psíquico), el tráfico de novias para el matrimonio forzado, la pornografía y, finalmente, la prostitución.

En realidad, todas las formas de explotación sexual están presentes en todo el mundo. La política sobre la explotación sexual de mujeres y niños varía según el lugar o país: mientras que algunos países han optado por suprimirla enérgicamente, otros la han legalizado o regularizado. A menudo, la represión y la explotación de la sexualidad de las mujeres y las niñas se dan al mismo tiempo. Por ejemplo, en Irán —bajo las reglas fundamentalistas— las actividades públicas que desempeñan las mujeres son totalmente diferentes a las que realizan los hombres y, además, a ellas se les exige que cubran todo su cuerpo. Al mismo tiempo, los fundamentalistas agravan la situación de la explotación sexual al reducir la edad mínima de las niñas para casarse de dieciocho a nueve años y al reanudar la práctica del matrimonio temporal (en donde un hombre puede contraer matrimonio con una mujer sólo por una hora), permitiendo una forma de prostitución que el Estado sanciona.

Los hombres suelen utilizar con frecuencia la represión y la explotación de mujeres y niñas como muestra de sus victorias políticas y de su poder. Por ejemplo, con el alzamiento del Fundamentalismo Islámico, en Irán y en Afganistán se comenzó a medir la victoria frente a la influencia occidental a través del grado de represión impuesto a la mujer. En otros casos, las victorias obtenidas frente al control del Estado y la censura se medían a través del alcance de la pornografía como, por ejemplo, sucedió en la Unión Soviética durante la Perestroika, o en los Emiratos Árabes Unidos, cuando Internet se utilizaba para acceder a la pornografía.

La prostitución y el tráfico de mujeres y niños: la explotación sexual

La prostitución no es, como se suele decir normalmente, la profesión más antigua del mundo, aunque probablemente sí sea una de las formas más antiguas en que se manifiesta la violencia del hombre contra la mujer y las niñas. La antigüedad reside, en realidad, en la explotación sexual de las mujeres y los niños, que el hombre defiende como parte de su naturaleza al necesitar “tener sexo”, aunque sea a través de la fuerza, de la compra o el abuso de un niño/a. La prostitución, por tanto, no es algo ni natural ni inevitable; a escala mundial el abuso y la explotación de la mujer y de las niñas es el resultado de la desigualdad entre la mujer y el hombre. Así, la prostitución convierte a las mujeres y a las niñas en “mercancías” y esto permite que se comercie con sus cuerpos con fines sexuales. Rara vez los hombres son tratados de esta manera.

La mayoría de las niñas entran en el mundo de la prostitución antes de haber alcanzado la edad núbil. Desde la última década, cada año desciende la edad media de las niñas dedicadas a la prostitución, sobre todo en Asia y África, donde los hombres demandan chicas jóvenes confiando en que estas no habrán contraído el virus de la inmunodeficiencia humana (VIH). En algunos casos, son los propios familiares de las niñas quienes las venden al mundo de la prostitución y, en otros, son los proxenetas quienes las reclutan para este propósito una vez han huido de sus casas. Algunas niñas entran en el mundo de la prostitución después de haber sufrido incesto, abuso y violación por parte de algún conocido. De este modo se van adaptando a la violencia y a la explotación hasta que, con el tiempo, llegan a pensar que este es el papel que deben desempeñar en la vida.

La pobreza, la desesperación por mantener a los miembros de su familia y, finalmente, la adicción a las drogas, obligan a la mujer a prostituirse. Cuando la infraestructura social fracasa como resultado de la guerra, el hambre y la crisis económica, se ve obligada a recurrir a la prostitución como último recurso.

Pero, en realidad, no importa cómo las mujeres y las niñas entren en el mundo de la prostitución, la cuestión es que es muy difícil salir de ella. Los proxenetas y los dueños de los burdeles utilizan la violencia, las amenazas y la adicción a las drogas y al alcohol, para controlar a la mujer. A veces incluso las mantienen en condiciones parecidas a la esclavitud. El abandono de la prostitución se produce frecuentemente después de haber agotado sus fuerzas, por enfermedad o porque ya no reporta ningún beneficio económico al proxeneta. Las mujeres que se dedican a la prostitución a menudo quedan estigmatizadas a menos que oculten su pasado de por vida.

No hay dignidad en la prostitución. Muchos de los actos relacionados con la prostitución —incluyendo las fotografías pornográficas— pretenden degradar, humillar y expresar el dominio del hombre sobre la mujer. Estos son actos misóginos, sin respeto ni cariño, que no tienen nada que ver con el amor o con la intimidad. Las mujeres no salen de la explotación sexual para ocupar una posición de poder, respeto o admiración, sino que permanecen impotentes como personas. En definitiva, siguen permaneciendo marginadas.

La mayoría de las leyes que pretenden eliminar la prostitución se basan en las doctrinas sobre la represión sexual de las religiones patriarcales, donde se contempla la prostitución como una actividad inmoral en la que las mujeres son las participantes más inmorales. Este concepto refleja que es el hombre quien finalmente cede ante las tentaciones de las mujeres inmorales y, aunque la censuren en público, en privado aseguran su continuidad. En aquellos lugares donde la prostitución es ilegal, normalmente se castiga a la mujer; sin embargo, los proxenetas, traficantes y hombres que compran los servicios de mujeres, raramente son castigados por ello. El hecho de ser compradas, vendidas y/o esclavizadas durante su prostitución, es una de las condiciones que hace que las mujeres y los niños puedan ser arrestados, encarcelados, deportados y, en ciertos casos, ejecutados. El tráfico es la práctica que entrega a las mujeres y a los niños al mundo de la explotación sexual. Se desconoce el número de víctimas traficadas para este propósito, aunque se considera prudente pensar que el problema puede afectar a millones de personas. Voluntariamente las mujeres no participan en situaciones donde puedan ser explotadas, golpeadas, violadas y esclavizadas. Las mujeres no trafican consigo mismas. Los criminales que reclutan, compran y venden mujeres y niñas, son los intermediarios decisivos en la entrega de mujeres a la prostitución. Ellos son los que proporcionan todos los materiales necesarios para viajar, como por ejemplo, dinero, documentos y conexiones en otros países y es a ellos a quienes se les entrega dinero por cada mujer o niña que entregan a un burdel o a un proxeneta. Se valen de la fuerza, coerción, seducción, engaño y de otras técnicas efectivas para controlar a las mujeres y niñas con las que están comerciando.

Los criminales trafican con mujeres y niñas dentro de las fronteras, desde las zonas rurales hasta las grandes ciudades, en circuitos establecidos —de pueblo a pueblo— para proporcionar nuevas caras y nuevos cuerpos a hombres que buscan variedad. Trafican con ellas hacia los centros de la amplia industria del sexo —para la diversión y el entretenimiento del hombre—, hacia los campos de trabajo de inmigrantes —para que los inmigrantes se sientan como en casa— y, finalmente, hacia las comunidades de inmigrantes —con el propósito de proporcionar sexo a los hombres que sólo buscan mujeres de su misma nacionalidad. Además, trafican con mujeres y niñas hacia las zonas rurales, con el objetivo de entregarlas a los granjeros que quieren una esposa y hacia Estados Unidos, Australia y Europa Occidental, para los hombres que quieren casarse con mujeres que no sean feministas.

Explotación sexual mundial: la oferta y la demanda

La prostitución y el tráfico de mujeres y niños está considerado como un fenómeno mundial que desarrolla sus actividades a escala transnacional. Existe una cultura mundial sobre la explotación sexual, a través de la cual se cree que los cuerpos de las mujeres y los niños son meros productos de consumo. En la actualidad se calcula que la industria mundial del sexo recauda 52 mil millones de dólares anuales. Para el mantenimiento de esta industria, las mujeres son traficadas hacia, desde y a través de cada región del mundo. Se calcula que el valor de este comercio global de mujeres como mercancía oscila entre siete y doce millones de dólares anuales.

La explotación mundial de mujeres y niñas se rige por la ley de la oferta y la demanda. Los hombres crean la demanda y las mujeres son la oferta1. Se denominan “lugares receptores” aquellas ciudades y países donde la demanda de mujeres dedicadas a la prostitución —realizada por el hombre— está legalizada y admitida; mientras que las “regiones de origen” son aquellas zonas y países en donde los traficantes captan a las mujeres —fácilmente— para introducirlas en el mundo de la prostitución.

Los “países o regiones de origen” se caracterizan por la pobreza, el desempleo, la guerra y por la inestabilidad económica y política. Estas condiciones facilitan la actividad de los traficantes que eligen como objetivo a aquellas regiones en donde resulta fácil captar a las víctimas. Entre estos países se encuentra Vietnam, en donde la subida del consumismo ha llevado a las familias a aceptar préstamos de los traficantes para comprar bienes materiales, a cambio de utilizar a sus hijas. En muchos otros lugares de Asia, las hijas tienen la obligación cultural de pagar a sus familias por haberlas educado, y algunas veces una hija dentro de la industria del sexo supone la ayuda económica más importante para las familias de las zonas pobres. Como resultado de la presión ejercida por la familia, la pobreza, la violencia familiar y los conflictos sociales, estas mujeres y niñas se tornan vulnerables frente a los traficantes. Los traficantes, por su parte, las introducen en la prostitución cuando sus familias dan su consentimiento, o cuando las mujeres se dicen a sí mismas: “Cualquier cosa es mejor que esto”.

En los “países o lugares receptores”, donde la demanda del hombre supera la oferta, se hace necesario captar mujeres y niñas e importarlas. La industria del sexo consume, física y emocionalmente, a las mujeres, lo que lleva a los traficantes a buscar nuevas “provisiones”. Esto hace del tráfico de mujeres un negocio muy rentable.

Los criminales y las mafias han sido siempre los organizadores y la principal fuente de dinero de la industria del sexo. Durante décadas fundaron y controlaron en Estados Unidos la industria pornográfica. Esta industria, a su vez, contribuye a la existencia de actividades ilegales secundarias, como por ejemplo el blanqueo de dinero, necesario para poner en circulación los fondos obtenidos ilegalmente.

Las redes criminales que trafican con mujeres son transnacionales. Algunas están compuestas por un número reducido de individuos independientes, mientras que otras, son sindicatos del crimen altamente organizados, como por ejemplo, la Mafia, los Yakuza, los Triads y, finalmente, los grupos del crimen organizado ruso.

Internet se ha convertido en un medio para la explotación sexual de las mujeres y los niños. En los últimos cinco años, la industria del sexo ha sido la primera en utilizar Internet para sus negocios. Internet funciona casi sin ningún reglamento debido a que su alcance internacional ha hecho que las leyes locales y nacionales sean obsoletas e inútiles. Además, algunos gobiernos (por ejemplo, el de Estados Unidos) decidieron adoptar una política de “no intervención” y permitir que la industria del sexo operara libremente en Internet. Con las nuevas tecnologías, los pornógrafos han introducido nuevas formas de explotar y de abusar de las mujeres. Las nuevas técnicas de videoconferencia, permiten la emisión de “sex shows” en directo, donde los hombres dicen a las mujeres lo que deben de hacer.

En 1999 los ingresos que provenían de la pornografía y de los “sex shows” en directo por Internet fueron de miles de millones de dólares americanos. Esto supuso el sesenta y nueve por ciento de las ventas en Internet. Los pornógrafos de Estados Unidos recaudan la mayoría de este dinero. En realidad, para el año 2003 se estima que estas ventas se tripliquen y que generen la mitad de los ingresos provenientes de las ventas por correo electrónico.

La fuerte competencia que existe hoy en Internet ha llevado a los pornógrafos a atraer la atención de los compradores con imágenes cada vez más duras, como por ejemplo, con imágenes de tortura, servidumbre, crueldad, y pornografía infantil. Estas imágenes degradantes y violentas, así como los videos y actuaciones pornográficos en directo generan más violencia contra la mujer y los niños. El año pasado un americano residente en Phnom Penh (Camboya) instaló una página Web de chateo en directo por vídeo para emitir el pago por emisión de la violación y tortura de mujeres.

El daño que produce la explotación sexual, desde el individuo hasta el Estado

La explotación sexual mundial supone una crisis para los Derechos Humanos de la mujer y de las niñas. También representa una crisis para la democracia y para la seguridad de las naciones. El daño que produce la explotación sexual se extiende desde el individuo hasta el Estado.

Los abusos sexuales que se dan en la prostitución producen daños físicos y psicológicos en las mujeres y las niñas, quienes suelen contraer enfermedades de transmisión sexual y enfermedades infecciosas como, por ejemplo, la tuberculosis, además de estrés postraumático, depresión y ansiedad. Bajo éstas condiciones, las mujeres intentan elegir lo que consideran mejor para ellas. Pero raramente éstas elecciones se aproximan a sus deseos reales. Con muy pocas opciones, las mujeres se conforman con la esperanza de que, con el tiempo, podrán ganar el suficiente dinero que les permita costearse su salida de la servidumbre, que ha contraido por deudas, o que les ayude a buscar una forma de escapar. Cuando no pueden escapar de este mundo, sin embargo, utilizan las drogas y el alcohol para evadirse de la angustia emocional y de las agresiones contra su dignidad e integridad. La mayoría de las mujeres y las niñas abandonan la prostitución enfermas, traumatizadas, y tan pobres como cuando entraron en ella. Para un gran número de ellas, la prostitución se convierte en una sentencia de muerte cuando contraen el virus de inmunodeficiencia humana (VIH). En algunas regiones más de un cincuenta por ciento de las mujeres que se dedican a la prostitución son seropositivas o padecen el SIDA.

Las mujeres menores de 25 años se convierten en el objetivo principal de la industria del sexo.Cuando el Estado permite que aparezca la prostitución o el tráfico de mujeres, una parte de cada generación de mujeres jóvenes desaparece. Algunas personas sostienen que la prostitución es el trabajo de las mujeres, una forma de ganarse la vida propia de su género, pero la verdad es que la prostitución supone subyugar a la mujer a una clase inferior para utilizarla cómo y cuándo se desee, una clase inferior compuesta por mujeres cuyo propósito es el de servir sexualmente a los hombres. En realidad la prostitución degrada a las personas. No existe ninguna forma de explotación sexual que lleve a la liberación o a la promoción de la mujer (empowerment of women) o que aumente sus derechos o mejore su condición.

La prostitución y el tráfico son dos formas extremas de discriminación sexual y son el resultado de la impotencia de la mujer como clase social. La explotación sexual es más que un hecho aislado; es una forma de socialización y de coerción a través del abuso y la amenaza. Pero, una vez la mujer accede y asume su papel de subordinada, se dice de ella que “lo ha elegido libremente”.

La prostitución y el tráfico limitan la libertad de la mujer y sus derechos de ciudadanía. Si se trata a las mujeres como “mercancías”, entonces, estarán destinadas a ser ciudadanas de segunda clase. No puede existir verdadera democracia en ningún Estado si la mitad de sus ciudadanos pueden ser tratados como “mercancías”.

Además de dañar a la persona y de crear una clase inferior, el tráfico y la prostitución operan a través de la actividad criminal y de la corrupción y, por tanto, amenazan la estabilidad y la seguridad de las naciones. Debido a que sus riesgos son relativamente bajos y a que los beneficios que ofrecen son tan altos, la compra y la venta de mujeres está reemplazando cada vez más a la compra y venta de drogas y armas como actividad preferida de las redes criminales transnacionales. Cuando los oficiales son sobornados y colaboran, acaban utilizando su poder y autoridad no sólo para proteger a los criminales, sino también para sacar algun provecho de la explotación sexual de las mujeres. Al aumentar la influencia que ejercen las redes criminales sobre el cumplimiento de la ley y sobre el gobierno, la corrupción no sólo hace que se ignoren las actividades ilegales de los traficantes, sino que llega a provocar un bloqueo en la legislación necesaria para combatirla. A medida que aumenta la corrupción y la colaboración, la línea de separación entre el estado y las redes criminales, se hace más difusa. Esta unión entre las redes criminales y el gobierno, se ha dado en muchas de las antiguas repúblicas soviéticas, siendo estas las principales proveedoras de mujeres para los burdeles europeos. Los informes que nos llegan de los Países Bajos, Alemania y Australia, indican que la prostitución legalizada no resuelve el problema, pero sí ayuda incrementa la prostitución, el tráfico y el crimen organizado.

Resistencia frente a la explotación sexual

Si las mujeres tienen que vivir en este mundo con dignidad e igualdad, sus cuerpos y sus emociones deben pertenecerles sólo a ellas. No deben ser consideradas “mercancía” que se puedan comprar y vender. La explotación sexual de la mujer se ha justificado o condenado tantas veces —desde diferentes perspectivas y por diferentes ideologías—, que resulta difícil que la gente vea y entienda el daño que produce en la mujer (tanto a nivel individual como colectivo).

Hay una doble batalla que ganar en la lucha contra el abuso y el control de la sexualidad de las mujeres y las niñas. La primera, contra la represión de su sexualidad y la segunda, contra la explotación sexual. El objetivo principal que se pretende conseguir en la lucha contra la prostitución es poner fin a la discriminación que padecen las prostitutas por el mero hecho de serlo y, a su vez, acabar con la opresión ejercida sobre estas. Pero, para alcanzar este objetivo, es necesario que la prostitución se despenalice. De esta forma, el Estado ya no castigará a las mujeres por ser explotadas y abusadas. También necesitamos organizaciones que atiendan a las víctimas que sufran de algún tipo de trauma, de una salud precaria y de daños físicos. El Estado debe proveer asistencia a las mujeres y a las niñas a través de los refugios, líneas directas y abogados.

Al mismo tiempo, debemos oponernos a la legalización y a la regulación de la prostitución y el tráfico —ya que estas permitirían que se explote y abuse de la mujer bajo unas condiciones impuestas por el Estado— y a la despenalización del proxenetismo, tráfico y compra de mujeres para la prostitución. Debemos, asimismo, enfocar nuestra atención en la legitimidad de la demanda de explotar sexualmente a mujeres y niñas creada por los hombres. Y, finalmente, debemos obligar a los criminales y los responsables del tráfico de mujeres a responder por el daño que han causado.

Además, para acabar con el daño que se produce a estas mujeres y a estas niñas, una oposición firme frente a la explotación sexual ofrece a todos los países del mundo un avance en la justicia, en general, y en la democracia. Finalmente, gracias al éxito obtenido por el procesamiento de estos individuos y de las redes criminales que trafican y prostituyen a mujeres, se eliminará buena parte del crimen organizado y de la corrupción que está desestabilizando a los gobiernos de todo el mundo.